Wednesday, October 9, 2013

La Interminable Espera



Parada en el umbral del pasillo observo la quietud de mi casa, siento que he dormido tanto en los últimos días, semanas, quizás meses, no lo sé, todo luce tan vacío ahora, como si la familia entera se hubiese mudado y hubiesen además olvidado llevarme con ellos.

Desde el balcón puedo ver como mis rosas se han marchitado, las macetas que otrora daban vida a mí ya de por sí solitaria existencia, lucen secas y vacías.

Las jaulas que aun penden de los techos agujerados ahora, por la ingratitud del tiempo que no perdona, guardan solo los remanentes de la vida que en sus bellos tiempos albergaron.

Busco más adentro las respuestas que no encontré afuera, tratando de entre los rezos a mis Santos encontrar los motivos de tanta desolación, pero ni a ellos los encuentro, mi altar luce también tan vacío, solamente una vieja estampita de La Virgen de Guadalupe, que quien por las prisas al llevarse todo olvidó tirada. No encontré ni siquiera un sobrante de veladora, tan solo un pedazo de vela olvidado en un obscuro rincón de mi vacío y solitario altar, pero tampoco hay cerillos que me permitan alumbrarlo un poco.

Trato de llamar a alguien para pedirle me consiga veladoras y cerillos, pero esta desolación tan grande apaga cualquier sonido que intento hacer con mi garganta.

Cansada de intentar, me siento en el viejo sillón de mi sala, ahora además cubierto por el polvo del olvido, me aferro a la ya luida estampita de La Virgen de Guadalupe mientras le rezo un Rosario, pidiéndole que me saque de esta zozobra, que despeje mis dudas, que dé consuelo a mi alma.

Ahí permanecí sentada rezando mi interminable Rosario, no tengo idea del tiempo que ha transcurrido, lo único que sé es que pasan los días y las noches y aunque cada vez es menos angustiosa la espera, aún no sé exactamente lo que espero y que pareciera que el mundo entero se hubiese olvidado por completo de mi existencia.

De pronto, escucho el bullicio de lo que pareciera ser mi familia regresando a casa, seguramente salieron de paseo mientras yo dormía, por lo que me levanto apresurada dirigiendo mis pasos hacia la cocina, porque con tanto desasosiego olvidé preparar la cena, aunque también olvidaba que mi cocina está incompleta, la alacena está vacía, el refrigerador aunque parece que funciona se encuentra igualmente vacío.


Me aproximo a saludar a mi familia recién llegada, que se encuentra ahora jugando cartas en el comedor, y aprovechar para pedirle a alguno de ellos que vaya a la tienda a conseguir lo necesario para prepararles la cena, pero ninguno parece notar mi presencia, además desconozco a la mayoría de los visitantes.

Así permanecí observando fijamente a cada uno de ellos, tratando de reconocer sus rostros y de obtener una respuesta para mi mirada tan inquisitiva como mis pensamientos, pero ellos seguían absortos en su juego, y yo esperando que al menos uno notara mi presencia. Hasta que finalmente, uno de los desconocidos se aproxima y pregunta “¿A quién busca Señora?”, yo sintiéndome ofendida ante tal pregunta me doy la media vuelta y regreso a buscar refugio en mi cuarto mientras pienso “¿Cómo que a quién busco? ¿A quién busca él? Pos’ éste, ésta es mi casa”.

Lo siguiente que escuché fueron solo risas nerviosas y pasos apresurados, como de quien huye después de haber avistado un fantasma. Después el mismo silencio de las horas, días, semanas, o quizás meses que he transcurrido escuchándolo solamente a él.

La noche ha caído nuevamente y yo permanezco rezando mi interminable Rosario, mientras me aferro a mi estampita de la Virgen de Guadalupe, entre las penumbras de lo que queda de mi casa. Cuando de pronto, escucho tu inconfundible andar, apoyando cada uno de tus pasos en tu viejo bastón, me levanto presurosa de mi asiento, lo más presurosamente que me lo permiten mis adoloridas varices, las que curiosamente ya no duelen como antes, o mejor dicho ya no duelen en lo absoluto, por lo que prácticamente pude saltar de mi asiento para ir a tu encuentro, y estabas ahí de pie frente a mí, dibujando en tu boca una sonrisa tan enorme, de esas que solo tú sabes dibujar cuando algo te hace completamente feliz y que casi disminuyen tus ya de por sí diminutos ojos a dos alegres y pequeños garabatos.

Fue ahí cuando me volvió el alma al cuerpo, al fin había alguien que notaba mi presencia, me extendiste tus brazos y como nunca en muchos años corrí y me refugié en ellos, y así permanecimos un rato, unos minutos, quizás unas horas, sin nada por decir, pero transmitiéndonos el uno al otro las mismas angustias que al parecer tú también venias sintiendo desde tiempo atrás. Luego juntos nos encaminamos hacia la sala, yo en mi sillón continué rezando mi interminable Rosario mientras tú en tu mecedora contabas el ir y venir de tú también interminable vaivén.
Ahora juntos las horas ya no son interminables, ahora juntos sabemos que lo que esperamos es la hora  que Dios nos tiene designada para reunirnos con los que se han ido antes que nosotros.


------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Inspirado en la inesperada partida de mi abuela y una anécdota de su presencia aun despues de su muerte.

No comments:

Post a Comment