Parada en el umbral del pasillo observo la
quietud de mi casa, siento que he dormido tanto en los últimos días, semanas,
quizás meses, no lo sé, todo luce tan vacío ahora, como si la familia entera se
hubiese mudado y hubiesen además olvidado llevarme con ellos.
Desde el balcón puedo ver como mis rosas se han
marchitado, las macetas que otrora daban vida a mí ya de por sí solitaria
existencia, lucen secas y vacías.
Las jaulas que aun penden de los techos
agujerados ahora, por la ingratitud del tiempo que no perdona, guardan solo los
remanentes de la vida que en sus bellos tiempos albergaron.
Busco más adentro las respuestas que no
encontré afuera, tratando de entre los rezos a mis Santos encontrar los motivos
de tanta desolación, pero ni a ellos los encuentro, mi altar luce también tan
vacío, solamente una vieja estampita de La Virgen de Guadalupe, que quien por
las prisas al llevarse todo olvidó tirada. No encontré ni siquiera un sobrante
de veladora, tan solo un pedazo de vela olvidado en un obscuro rincón de mi vacío
y solitario altar, pero tampoco hay cerillos que me permitan alumbrarlo un
poco.
Trato de llamar a alguien para pedirle me
consiga veladoras y cerillos, pero esta desolación tan grande apaga cualquier
sonido que intento hacer con mi garganta.
Cansada de intentar, me siento en el viejo
sillón de mi sala, ahora además cubierto por el polvo del olvido, me aferro a
la ya luida estampita de La Virgen de Guadalupe mientras le rezo un Rosario,
pidiéndole que me saque de esta zozobra, que despeje mis dudas, que dé consuelo
a mi alma.
Ahí permanecí sentada rezando mi interminable
Rosario, no tengo idea del tiempo que ha transcurrido, lo único que sé es que
pasan los días y las noches y aunque cada vez es menos angustiosa la espera, aún
no sé exactamente lo que espero y que pareciera que el mundo entero se hubiese
olvidado por completo de mi existencia.
De pronto, escucho el bullicio de lo que
pareciera ser mi familia regresando a casa, seguramente salieron de paseo mientras
yo dormía, por lo que me levanto apresurada dirigiendo mis pasos hacia la
cocina, porque con tanto desasosiego olvidé preparar la cena, aunque también
olvidaba que mi cocina está incompleta, la alacena está vacía, el refrigerador
aunque parece que funciona se encuentra igualmente vacío.
Me aproximo a saludar a mi familia recién
llegada, que se encuentra ahora jugando cartas en el comedor, y aprovechar para
pedirle a alguno de ellos que vaya a la tienda a conseguir lo necesario para
prepararles la cena, pero ninguno parece notar mi presencia, además desconozco
a la mayoría de los visitantes.
Así permanecí observando fijamente a cada uno de
ellos, tratando de reconocer sus rostros y de obtener una respuesta para mi
mirada tan inquisitiva como mis pensamientos, pero ellos seguían absortos en su
juego, y yo esperando que al menos uno notara mi presencia. Hasta que
finalmente, uno de los desconocidos se aproxima y pregunta “¿A quién busca Señora?”, yo
sintiéndome ofendida ante tal pregunta me doy la media vuelta y regreso a
buscar refugio en mi cuarto mientras pienso “¿Cómo que a quién busco? ¿A quién busca él? Pos’ éste, ésta es
mi casa”.
Lo siguiente que escuché fueron solo risas
nerviosas y pasos apresurados, como de quien huye después de haber avistado un
fantasma. Después el mismo silencio de las horas, días, semanas, o quizás meses
que he transcurrido escuchándolo solamente a él.
La noche ha caído nuevamente y yo permanezco
rezando mi interminable Rosario, mientras me aferro a mi estampita de la Virgen
de Guadalupe, entre las penumbras de lo que queda de mi casa. Cuando de pronto,
escucho tu inconfundible andar, apoyando cada uno de tus pasos en tu viejo bastón,
me levanto presurosa de mi asiento, lo más presurosamente que me lo permiten
mis adoloridas varices, las que curiosamente ya no duelen como antes, o mejor
dicho ya no duelen en lo absoluto, por lo que prácticamente pude saltar de mi
asiento para ir a tu encuentro, y estabas ahí de pie frente a mí, dibujando en
tu boca una sonrisa tan enorme, de esas que solo tú sabes dibujar cuando algo
te hace completamente feliz y que casi disminuyen tus ya de por sí diminutos ojos a dos
alegres y pequeños garabatos.
Fue ahí cuando me volvió el alma al cuerpo, al
fin había alguien que notaba mi presencia, me extendiste tus brazos y como
nunca en muchos años corrí y me refugié en ellos, y así permanecimos un rato,
unos minutos, quizás unas horas, sin nada por decir, pero transmitiéndonos el
uno al otro las mismas angustias que al parecer tú también venias sintiendo
desde tiempo atrás. Luego juntos nos encaminamos hacia la sala, yo en mi sillón
continué rezando mi interminable Rosario mientras tú en tu mecedora contabas el
ir y venir de tú también interminable vaivén.
Ahora juntos las horas ya no son interminables,
ahora juntos sabemos que lo que esperamos es la hora que Dios nos tiene designada para reunirnos
con los que se han ido antes que nosotros.------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Inspirado en la inesperada partida de mi abuela y una anécdota de su presencia aun despues de su muerte.



No comments:
Post a Comment